El 18 de octubre de 2019, las turbas de delincuentes, estudiantes secundarios y
universitarios de ultra izquierda, anarquistas, comunistas que asistieron sin sus
banderas partidarias, ciclistas, mapuches, grupos de homosexuales, muchos
ingenuos que creyeron estar asistiendo a un legítimo acto de protesta y otros
grupos identitarios destruyeron la propiedad pública y privada, saquearon
supermercados y comercio minorista, destruyeron el 80% de las estaciones del
Metro de Santiago, quemaron varias Iglesias católicas y evangélicas, quemaron el
Museo Violeta Parra y vandalizaron el barrio Plaza Baquedano. Los efectos en el
caso del Barrio Baquedano, persisten hasta hoy, pues nadie quiere ahora comprar
las propiedades en venta, absolutamente desvalorizadas, perjudicándose de esta
manera los intereses económicos de importantes sectores de clase media.

Los efectos en la economía del país fueron de extremada gravedad. Miles de
personas perdieron sus puestos de trabajo debido al cierre de empresas grandes,
medianas y pequeñas que sufrieron la vandalización. Muchos de los efectos del
18/O duran hasta hoy.
Las protestas pretendieron, como se pudo constatar después, que el verdadero
objetivo de ese proceso de protesta, era la caída del gobierno del Presidente
Piñera, un presidente elegido democráticamente por una amplia mayoría.
En un primer momento, muchos creyeron con una ingenuidad digna de mejor
causa, haber participado en un evento memorable en defensa de sus justas
aspiraciones y derechos. Incluso, en la Cámara de Diputados, se recibió a una
delegación de dirigentes de la protesta, que en ese momento se llamaba “la
primera línea”.
Todos los partidos políticos con representación parlamentaria y el Presidente
Piñera fueron capaces, en esos días, de dar una salida consensuada al grave
problema creado por el estallido delincuencial. Al acuerdo, se restó, el Partido
Comunista, un partido que no respeta la democracia, como lo revela su apoyo a
las actuales dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Hoy, cuando han pasado cinco años de ese triste episodio de nuestra vida
democrática, la mayoría abrumadora de la gente, repudia ese intento demencial
por desestabilizar nuestra democracia. Así lo revelan todas las encuestas hechas
por consultoras cuya seriedad no puede ser puesta en duda.