Carmen Fiol Quinlan
Cientista Política Universidad del Desarrollo, Chile
Magister en Gobernanza Global y Diplomacia,
Universidad de Leeds, Reino Unido
El Tratado Antártico de 1959 estableció las líneas de acción para la cooperación
internacional, la prohibición de actividades militares o comerciales y el uso pacífico
del continente blanco. Este acuerdo, que entró en vigor el 23 de junio de 1961,
cumpliendo 65 años de vigencia. En el complejo escenario global actual, es
imperativo destacar su valor: la cooperación científica y el diálogo diplomático han
prevalecido, preservando intacto el ecosistema antártico.
Chile ha sido parte del Tratado desde sus orígenes. Los derechos sobre el
Territorio Chileno Antártico se remontan a la época colonial, delimitados entre los
meridianos 53 y 90 oeste. Nuestro país fue pionero al asentar las primeras bases
—como Frei Montalva y Bernardo O’Higgins—, mantiene una población civil
permanente en Villa Las Estrellas y es uno de los cinco países del mundo con
acceso directo y cercanía geográfica al continente, junto a Sudáfrica, Australia,
Nueva Zelanda y Argentina.
A nivel nacional, la política antártica de Chile ha experimentado una evolución
sumamente positiva. Pasó de un enfoque estrictamente soberano y militar a una
estrategia multidimensional que prioriza la ciencia, la protección ambiental y la
consolidación de la Región de Magallanes como la principal puerta de entrada
global. Esta trayectoria se consolidó con hitos como la creación del Instituto
Antártico Chileno (INACH) en 1963, la ratificación de la CCRVMA en 1980 y la
firma del Protocolo de Madrid en 1991, que designó al continente como una
“reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia”.
Posteriormente, en 2011 se creó la Dirección de Antártica bajo el alero de la
Cancillería (MINREL) y en 2020 se promulgó el Estatuto Chileno Antártico (Ley N°
21.255), el hito normativo más importante en décadas, que modernizó la
legislación nacional.
Hoy, el Plan Estratégico Antártico 2026-2030 proyecta esta visión de futuro al
enfatizar la renovación de las bases científicas, potenciar a Punta Arenas como
ciudad puente y gestionar el proyecto del cable submarino entre Chile y la
Antártica, infraestructura que mejorará la conectividad digital y apoyará la
investigación de todos los países operadores. En tiempos donde las crisis
geopolíticas dificultan la cooperación desinteresada, el rol de Chile es más vigente
que nunca: liderar con el ejemplo para salvaguardar la paz, la ciencia y el futuro
del continente blanco.








