Cada 14 de julio se celebra el Día Nacional de Francia y en todas las ciudades los ciudadanos se reúnen para disfrutar de bailes populares, conciertos y espectáculos pirotécnicos. El 14 de julio de 1789 marca un momento clave en la historia de Francia. Ocurre la toma de la Bastilla, un acontecimiento simbólico que marcó el inicio de la Revolución Francesa. Desde entonces, el 14 de julio representa los valores de la República Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.
El día14 de julio París se viste de gala con el gran desfile militar en los Champs-Élysées, en presencia del Presidente de la República. Aviones de la Patrouille de France sobrevuelan la capital dejando estelas tricolores, mientras marchan los distintos cuerpos del ejército francés.
En París, el espectáculo pirotécnico de “luz y sonido” tiene lugar la noche del 14 de julio. Después de un concierto al pie de la Torre Eiffel, los fuegos artificiales se disparan alrededor de la Torre Eiffel. Luego, se escuchan muchos petardos a lo largo de la noche.
La noche del 14 de julio cientos de ciudades francesas lanzan espectaculares fuegos artificiales. En París, el espectáculo pirotécnico más famoso se realiza frente a la Torre Eiffel, acompañado de música y luces. Es uno de los momentos más esperados del año.
Historia: En el siglo XVIII, Francia estaba gobernada por una monarquía absoluta de derecho divino, en la que el rey concentraba todos los poderes: el político, el legislativo y el judicial. Este sistema político, típico del Antiguo Régimen, situaba al rey como figura central e incuestionable del poder.
Sin embargo, este modelo empezó a ser cuestionado por diversos sectores de la sociedad. En primer lugar, fueron los filósofos de la Ilustración (como Montesquieu, Rousseau, Voltaire y Diderot, quienes criticaron el absolutismo y la intolerancia religiosa, defendiendo una monarquía más limitada, guiada por la razón, la ciencia y el conocimiento. Para ellos, el poder debía estar en manos de personas preparadas, no en manos de una sola figura todopoderosa.
La sociedad francesa estaba dividida en tres estamentos: la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado. Esta organización era muy desigual. Nobleza y Clero disfrutaban de privilegios fiscales y políticos, mientras que el Tercer Estado, que representaba al 97 % de la población carecía de derechos y soportaba la mayor carga impositiva.
El Tercer Estado estaba constituido por una nueva clase social: la burguesía, compuesta por comerciantes, banqueros, abogados y funcionarios. Este grupo empezó a acumular riqueza y acceso a la educación. Lo que los llevó a cuestionar los privilegios de los estamentos privilegiados y a exigir cambios profundos en el sistema.
A finales de la década de 1780, Francia atravesó una crisis múltiple. Las malas cosechas provocadas por el clima hicieron subir el precio del pan y de los cereales, lo que generó hambruna y malestar social. Al mismo tiempo, el país sufría una grave crisis financiera, agravada por su participación en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. El Estado ya no podía sostenerse sin reformas fiscales que afectaran a la Nobleza y al Clero, lo que aumentó aún más la tensión social.
Todos estos factores (el pensamiento ilustrado, la desigualdad social, el ascenso de la burguesía y la crisis económica) formaron el caldo de cultivo para uno de los acontecimientos más importantes de la historia: la Revolución Francesa.








