Por Jaime Abedrapo, Director de Centro de Derecho Público y Sociedad USS
La encíclica Delexi Te nos recuerdo: “no te olvides de los pobres”, mensaje que nos llega
precisamente en tiempos electorales dentro de los cuales la discusión se presenta en
general simplona, sin sentido social y con alto contenido de autorreferencialidad.
Nada se propone respecto a cómo ajustar los sistemas políticos y económicos de nuestra
sociedad para superar las distintas formas de pobreza. Por un lado, están quienes han
sido descartados por la nueva economía, cuya expresión la observamos entre las
personas que no consiguen sustento material respecto de las necesidades básicas. Ello
sucede en el mismo instante en que una minoría acumula riquezas de manera
desproporcionada, transformando aquello en una de las características delirantes del
sistema económico vigente.
Por otro lado, está la pobreza de los marginados socialmente, los cuales han
representado un desafío permanente a la estructura social. Este tipo de pobreza recibe
palabras en tiempos de campaña que luego suelen no ser atendidas. Ejemplos hay
demasiados, tales como las personas que aumentan en las listas de espera en salud, el
incremento del déficit habitacional, o en la planificación de las ciudades que han hecho de
la segregación su principal característica.
Por ello, podemos afirmar que se ha erosionado el concepto de comunidad. Ello en favor
de perspectivas individualistas, cuestión que nos augura más pobreza social. En efecto,
las distintas dimensiones de la pobreza encuentran como explicación principal la falla del
intelecto del sujeto, quien ha tendido a trastocar su concepción de bien individual, ya que
lo sitúa por sobre la noción de comunidad. Esto precisamente nos permite comprender
que la principal de las pobrezas está en los ámbitos de la moral y de la espiritualidad.
La pobreza espiritual sería la clave de los discursos políticos vacíos de nuestros tiempos.
En tal sentido, la incomodidad de la encíclica apostólica estaría en advertirnos que nos
hemos extraviado del sentido mismo de la política, ya que en general las propuestas
electorales no se están enfocando en las causas que provocan los diferentes flagelos en
nuestra sociedad, tales como la violencia, delincuencia, frustración social, inequidad y
desigualdad.
En consecuencia, urge avanzar hacia un cambio de mentalidad que induzca hacia una
transformación cultural que contrarreste el sentido de vida amparado en la acumulación
de la riqueza y en la desatención al prójimo. El Chile del retorno a la democracia caminó
hacia la mejora de los más pobres, sin embargo, con el tiempo exhibimos menos
compromiso con la cuestión social y desatendimos la pobreza moral y cultural. En efecto,
las elites política y económica se transformaron en una clara expresión del “exitismo”
vacío de sentido social, el cual sólo podría ser – como lo ha sido – expresión de la
decadencia espiritual.








