Por Jorge Varela
Analista politico
No ha pasado un mes desde que el neo-conservadurismo o conservadurismo fusionado -o si se prefiere una singular tendencia soberanista-liberal-conservadora- se instalara triunfante en La Moneda, y ya comenzó el revoloteo de aves que se despliegan presurosas en círculo cuando huelen ese aroma a caída cercana de una próxima víctima sacrificial.
En pocos días se ha constatado el aleteo de diversos ejemplares dispuestos a desgarrar a quien sienten que es su presa anhelada. Para eso existen, para destripar y devorar. Es su destino, -su misión-, seguir rigurosamente su agenda de capturas.
Mal momento para la democracia
La versión contemporánea ‘de los unos contra los otros’ en que el mensaje fraternal y las posiciones moderadas o intermedias -como el discurso social-demócrata o cristiano-demócrata- no tienen cabida, se ha instalado por doquier en el mundo. y no se avizora aún el término de este verdadero azote universal que se propaga por nuestras tierras.
No cabe duda, estamos en un muy mal momento para que la democracia liberal representativa exhiba sus atributos. Entre radicalismos de izquierda y de derecha, que no admiten diálogo ni toleran discrepancias, sumados a la irrupción cultural neo-marxista, algunos grupos antisistémicos avanzan como Atila, mientras los adscritos al centro político no logran enmendar sus errores y recuperarse de su falta de coraje. ¿Qué futuro podría esperarles a aquellos antidemócratas y a estos demócratas incompetentes e irresolutos?
El régimen degradado de partidos existente en Chile y en otros países parece darle la razón a Nietzsche quien escribiera que: “lo que hoy llamamos democracia se distingue únicamente de las viejas formas de gobierno en que se sirve de caballos nuevos: los caminos siguen siendo los mismos que en el pasado y las ruedas del carro también. Con este atalaje del bien público, ¿es realmente menor el peligro?”. (“Humano, demasiado humano”)
Partidos no-valentes
En la derecha conservadora chilena, la Unión Demócrata Independiente (UDI) persiste en su aspiración de acceder algún día al gobierno, un botín que le ha sido esquivo. En tanto los liberales de derecha (del Partido Renovación Nacional) acomplejados y temerosos de reconocer la directriz-madre de su pensamiento, se dejan tentar por posturas populistas-igualitaristas.
En el centro, los militantes de la Democracia Cristiana alejados del paraíso terrenal, aún no atinan hacia dónde dirigirse. En el seno del Partido Demócrata Cristiano los más porfiados continúan deambulando por oscuros pasillos laberínticos sin encontrar una salida. A su turno el PDD (Partido por la Democracia) también se ha entrampado en la pugna bastarda de la politiquería hasta transformarse en un mero artefacto a punto de caer en desuso.
Respecto del Partido de la Gente (PDG), es poco lo que puede decirse mientras no muestre en la cancha cuál es la destreza específica de su nuevo plantel parlamentario.
En la izquierda tradicional, el socialismo de viejo cuño, ese que es reflejo exacto de un proyecto histórico varias veces fracasado, el mismo que de tanto autoflagelarse terminó desahuciando al único hombre de sus filas con estatura de estadista de los últimos tiempos (Ricardo Lagos), no muestra indicios de frescura ideológica, ni estratégica. Incluso el Partido Comunista, ese viejo zorro que se resiste a abandonar la madriguera marxiana, aún despliega sus viejas recetas y monsergas sin encontrar una respuesta contundente de parte de quienes no son idóneos ni están aptos para defender y robustecer la democracia que hoy gime y se estremece, a sabiendas que los vientos del populismo podrían favorecer la navegación hacia otros mares.
De los jóvenes envejecidos y arrogantes del Frente Amplio poco puede esperarse. En esa montonera de apetitos disfrazados no hay por ahora cordura ni sapiencia, salvo el afán sin límite de algunos caudillos -imitadores de barbudos históricos- para recuperar el poder mediante cualquier medio, a cómo fuere posible.
Y las utopías concretas, ¿qué pasa con ellas?
Entre las derechas necias y las izquierdas discapacitadas ¿qué tipo de institucionalidad democrática se puede construir desde la languidez de un sistema de partidos distorsionado? Lo que hoy se constata como desprecio real por las instituciones y las normas democráticas, no es sino la decadencia desnuda de la élite política y la irresponsabilidad de un sector de la sociedad que se siente marginado del poder y ha optado por la violencia. ¿Qué tipo de democracia le espera a Chile a mediano plazo? ¿Será que el país se encuentra en una fase oscura e irracional de la que será difícil salir?
La confluencia maligna de un legislativo dominado por representantes de partidos que son la expresión fiel de un notorio retroceso intelectual y ético, y de un poder ejecutivo en rodaje inicial, permite avizorar un panorama complejo.
¿Será que los chilenos están aburridos de tanta utopía y de programas rechazados en medio de aullidos y gritos? ¿Cómo explicar lo que ocurre?, si ni la experiencia arcaica de la vieja dirigencia ni el ímpetu caótico de los jóvenes permiten concordar una fórmula ideal que permita modelar otro Chile. No basta con que se diga: ‘¡Chile cambió!’. Sin luces, ni brújulas orientadoras, estos escollos en el camino podrían cerrar el paso tranquilo hacia una reconstrucción necesaria y expedita.








