Por Andres Tudares

La India ha decidido cruzar un umbral peligroso con Pakistán. La “Operación
Sindoor”, anunciada con un tono de justicia vengativa por el Ejército indio —“la
justicia ha sido servida”—, no es una simple represalia militar. Representa una
peligrosa escalada en la ya inestable relación entre Nueva Delhi e Islamabad. El
bombardeo de nueve supuestas bases terroristas en Cachemira y en el Punjab
pakistaní ha devuelto a la región a una lógica de confrontación que parecía
contenida desde 2019.

El Gobierno del primer ministro indio Narendra Modi asegura haber actuado con
“moderación”, limitando los ataques a infraestructura no militar y justificando la
operación como una respuesta al atentado en Pahalgam, donde murieron 25
turistas indios y un ciudadano nepalés. Sin embargo, los misiles indios han
impactado no sólo en presuntos bastiones insurgentes, sino también —según
denuncias de Pakistán— en zonas civiles, incluidas dos mezquitas. El saldo, por
ahora, incluye al menos ocho muertos y decenas de heridos.
Desde la partición del subcontinente indio en 1947, y la independencia del Reino
Unido, Cachemira ha sido una tierra en disputa, sembrada de agravios,
nacionalismos, y ciclos de violencia. Las tres guerras entre India y Pakistán, dos
de ellas directamente ligadas a esta región montañosa, no han resuelto nada. Más
bien, han convertido la Línea de Control (LoC) en una cicatriz geopolítica activa,
donde cualquier chispa puede convertirse en incendio.
Lo que diferencia este episodio de otros es la profundidad de los ataques: algunos
objetivos se ubicaron tan al interior del territorio pakistaní como Ahmadpur East y
Muridke, lugares no alcanzados desde la guerra de 1971. Para muchos analistas,
esto no sólo desafía el statu quo, sino que pone a prueba los límites de contención
de Islamabad.
¿Contención o provocación? La ambigüedad de la estrategia india
Las declaraciones oficiales de Nueva Delhi insisten en que la ofensiva fue “no
escalatoria”. Pero esa afirmación resulta difícil de sostener cuando, al mismo
tiempo, el espacio aéreo ha sido cerrado, las embajadas han expulsado
diplomáticos y los cruces fronterizos están clausurados. Si el objetivo era contener
la violencia, el resultado ha sido el contrario: la narrativa pakistaní se ha
encendido, y su Ejército ha prometido represalias “en el momento y lugar que
elijan”.

La presencia de Rafales, MiG-29 y SU-30 indios en la operación, algunos de los
cuales Pakistán asegura haber derribado —aunque sin pruebas concluyentes—,
revela un despliegue de poder que no puede pasar desapercibido. No se trata solo
de “infraestructura terrorista”, sino de un mensaje político: la India está dispuesta a
golpear primero, incluso cruzando fronteras.
El ataque también ha expuesto la fragilidad del equilibrio internacional en la región.
Mientras el Departamento de Estado de EE UU afirma que “monitorea de cerca” la
situación, el presidente Donald Trump se limitó a calificar el episodio como “una
vergüenza” y mostró su desconexión con un “espero que termine muy rápido”.
Al igual que Washington, Rusia, el Reino Unido, Arabia Saudí y Emiratos Árabes
Unidos han sido informados por India, pero las reacciones oficiales han sido tibias.
El mundo parece dispuesto a ver cómo los dos vecinos se aproximan
peligrosamente al borde del abismo, como si se tratara de una disputa regional sin
repercusiones globales. Pero cuando dos potencias nucleares juegan con fuego,
el riesgo no tiene fronteras.
Cachemira: una bomba de relojería geoestratégica
Cachemira no es solo una herida histórica; es una bomba de relojería con
múltiples detonadores: religión, nacionalismo, terrorismo transfronterizo, influencia
china y rivalidades internas. La creciente presión del nacionalismo hindú en la
India y del sentimiento antiindio en Pakistán convierte cada atentado en una
excusa para rearmarse políticamente.
Con la Operación Sindoor, Nueva Dehli ha ganado el respaldo interno que
buscaba, pero al precio de una estabilidad regional aún más frágil. Mientras tanto,
Pakistán ha reforzado su relato de victimización ante la comunidad internacional,
prometiendo una respuesta que, de producirse, reactivaría la espiral de
represalias.
La ofensiva india es un recordatorio brutal de que Cachemira sigue siendo uno de
los puntos más volátiles del planeta. La ausencia de mecanismos multilaterales
efectivos para resolver el conflicto, sumada a la debilidad de las potencias
mediadoras, ha dejado el campo libre a la lógica militar.
La India y Pakistán están hoy más cerca del conflicto abierto que en cualquier otro
momento desde 2019. Si la diplomacia no se reactiva con urgencia, y si la
comunidad internacional sigue tolerando este juego peligroso, la próxima
operación podría no ser “mesurada”, y el precio a pagar será mucho más alto que
el actual.