Por Jorge Varela
Analista político
Pareciera que en los tiempos actuales no se requiere mucha experiencia ni determinada edad, ni muchos años de ejercicio profesional o de trabajo previo, para alcanzar el poder y ser elegido gobernante de una nación. El caso chileno es sorprendente. Un partido político integrado por un conjunto de jóvenes provenientes de elites desgastadas y saturadas, llegó a instalar a uno de los suyos en La Moneda, -y habitarla, según declararon-, cuando su líder apenas había cumplido 36 años de edad. No se trata -por supuesto- de descalificar a toda la juventud y hacerse partícipe de una fobia insensata.
Lo real es que millones de ciudadanos debieron soportar con estoicismo los alardes y comportamientos de quienes se sintieron durante el cuatrienio anterior, protagonistas de una incursión sin luces por los intersticios del poder: una aventura deslumbrante para ellos, un suplicio para la gran mayoría que veía atónita como dichos ‘habitantes’ realizaban un cúmulo obsceno de improvisaciones, confusiones, situaciones caóticas, torpezas, arrogancias.
La política como mixtura
En política la mixtura mágica de la vida se desplaza e irrumpe por doquier a través de salones y pasillos, convirtiendo lo que es una actividad noble y digna en una respecto de la cual es mejor huir para no olerla, -ni de cerca ni de lejos-. La vida es un vasto reservorio de sabores y colores, de goces y dolores, donde conviven seres buenos mezclados con mediocres y malos; donde lo dulce no siempre mitiga a la amargura y el gris de la tragedia permanece oculto.
Ocurre que las tragedias suelen tener un final amargo. En el caso referido, -luego de que cayera el telón-, a la mayoría desilusionada no le quedó más opción que abandonar presurosa el recinto. Por eso, cuando en el teatro de la vereda opuesta la cartelera cambió y se anunció el estreno de una obra distinta bajo otra dirección, -que contaría además con participantes y figuras conocidas-, la audiencia se contagió de un ánimo diferente, pues había esperado con ansia la oferta de un guión atractivo y una actuación trabajada y decorosa por parte del nuevo elenco, que justificara aplausos y vítores sonoros.
Mas, a los pocos días de los ensayos se escucharon unos primeros balbuceos y disonancias, seguidos de tartamudeos reiterados; luego vinieron algunos silencios inexcusables por parte de varios actores. No era lamentablemente, solo una manera torpe de comunicar o una dicción deficiente la que fallaba. Sus causas basales podrían ser varias: la carencia de mensaje articulado, el uso de un lenguaje impropio, o -peor aún-, la inexistencia de ideas claras y robustas.
Cambio de escena
No solo la cartelera oficial cambió. Recuerde que antes los viernes y sábado eran días de parrilla y asado junto al círculo de amigos más cercanos; hoy los martes están dedicados al ‘pololeo’ con la cónyuge amada. El tránsito se desplazó: del ‘carrete’ estridente con guitarreo y trago para remojar las gargantas secas, al diálogo silente de miradas tiernas compartiendo una cena cálida. Dos formas de comportamiento, dos estilos diferentes de existir y amar. Dos modos de proyectarse en la vida privada y de escribir el pentagrama público. No diga después que entre aquella francachela juvenil agitada, -demasiado ruidosa-, y la suave compostura madura e ingenua, se agotó toda posibilidad de ver otras puestas en escena, pues la sorpresa puede estar esperando en otra esquina de la vida.
Una etapa de sequía neuronal sobreviniente
Tenga presente, eso sí, que por ahora no se emitirán más boletos para nuevos estrenos ya que hay gran escasez de buenos autores capaces de crear obras atractivas y provocadoras que capturen la atención, factor que anticipa una inevitable sequía intelectual temporal, nociva para el cultivo de
ideas en estado embrionario. Tremendo tema para los centros de pensamiento que en la era de los aportes estatales con dedicatoria y compromiso, perdieron sus escasos atributos autonómicos.
La fragilidad ideológica es un defecto
Si el núcleo vertebral ideológico no es capaz de soportar el peso creciente de la adversidad, habrá que iniciar un tratamiento kinésico destinado a reforzar la musculatura estratégica del director de la obra, y aprovechar ese momento para reforzar la vocería de sus ayudantes-mensajeros, potenciando el suministro de material ideológico y tecnológico, con el objeto de que no haya motivos para argumentar que solo se escucha el chirrido molesto de equipos parlantes sin potencia.








