Por Dr. Ricardo B. Maccioni*
La inteligencia artificial, la posibilidad de editar los genes y las bases
neurobiológicas del pensamiento entre muchos otros sorprendentes
progresos científicos, nos llevan a la búsqueda de un todo conceptual
entre la ciencia y el arte, en particular la poesía, que nos ayude a incrustar
el humanismo y la belleza del mundo natural, en ese mundo tan autónomo
como es el conocimiento generado por la ciencia.
El quehacer científico y la investigación en la frontera del conocimiento (en
el lenguaje anglosajón “cutting-edge science”) y la poesía van por caminos
separados, es cierto, pero sin duda se encuentran en un espacio común
que es el que ocupa el ser humano.
El conocimiento científico aporta a la humanidad y la madurez de una
sociedad. El tema es encontrar un lugar donde las profundidades del
pensamiento van de la mano con las emociones. Así el conocimiento
científico y la ciencia dura y rigurosa se acerca a las sensibilidades que
nos tocan como seres humanos y pueden convivir en perfecta armonía.
No es fácil compaginar ambos dominios, ciencia y poesía, o poesía y
ciencia, cual sea, pero ciertamente que el tratar de comprender cómo se
expresan las emociones y traducidas a palabras con sentido poético ha
sido esencial en mi larga trayectoria. Por más que tratemos de mantener lo
emocional fuera de ese contexto, lo he conseguido al escribir mis papers
por cinco décadas y acogiendo los esquemas racionales del método
científico.
Como lo he expresado en múltiples documentos “cuando observo en el
microscopio un fascinante evento celular en torno al cerebro humano, no
puedo dejar de pensar en las personas que sufren de Alzheimer y cómo
desde allí podría acercarme al hilo conductor para un nuevo hallazgo
científico”.
El que los científicos escribamos poesía no es tan nuevo, y son muchos
los casos. Podemos citar a Ronald Hoffmann, un notable poeta de la
Cornell University y Premio Nobel de Química por su teoría sobre la
dinámica de las reacciones químicas. Otros han brillado en el mundo
de la música como Albert Einstein, en la física y Hugo Theorell y
Manfred Eigen, respectivamente, en la química y la bioquimica.
Mi mensaje es la necesidad de una mirada al espíritu renacentista, de
la interdisciplinaridad, no solo de las ciencias en sus dominios, sino
entre ciencia, arte y humanidades. Marcuse ya hace décadas anticipó
el problema del hombre unidimensional, que solo mira en una
dirección. Es oportuno entonces que el desarrollo impactante de la
ciencia en este siglo vaya en armonía con el humanismo y el arte, en
beneficio de una cada vez mayor calidad de vida y la búsqueda de un
mundo con mayor empatía y comunicación.
*El autor agradece las discusiones y el apoyo intelectual de la
escritora Lilian Duery, quien lo inspiró a la publicación de su libro de
poesía “Tu sonrisa en la fuente” que será presentado el 4 de abril, y
su lanzamiento formal en un evento poético en la Municipalidad de La
Reina el 8 de Mayo.








