Por Jorge Heine.
Profesor de Relaciones internacionales Universidad de Boston.
Ex embajador de Chile en China.

Recientemente tuvo lugar en Republica Dominicana un encuentro para celebrar
los 30 años de las Cumbres de las Américas. Con el presidente dominicano Luis
Abinader de anfitrión, se congregaron el expresidente Bill Clinton, de quien fue la
iniciativa de estas cumbres, la expresidenta de Costa Rica Laura Chinchilla, y
otras autoridades y personalidades de la región. Lo de las Cumbres de las
Américas fue una excelente idea. Hay muchos desafíos comunes en el hemisferio
occidental, y es bueno que haya una instancia de concertación acerca de cómo
enfrentarlos.
 
La consolidación democrática y la promoción del libre comercio fueron las fuerzas
motrices de las cumbres iniciales. Con el correr del tiempo, no han dejado de
enfrentar dificultades. La de Cartagena, en 2012, casi no se realiza, debido a la
exigencia de numerosos gobiernos de comenzar a incluir a Cuba en ellas, lo que
por fin ocurrió en la cumbre de Panamá en 2015.
 
El presidente Trump se saltó olímpicamente la cumbre de Lima en 2018—la
primera vez que un mandatario estadounidense no asistía. La de 2022 en Los
Angeles fue una debacle debido a la negativa de EE. UU. de invitar a Cuba,
Nicaragua y Venezuela, varios mandatarios no asistieron y no hubo declaración
final. La gran pregunta es qué ocurrirá en la cumbre de 2025 en Republica
Dominicana, si asistirá el Presidente Donald Trump, y si las fisuras vistas en Los
Angeles entre el coloso del Norte y la América morena se han superado.
 
Como sea, tenemos un indicador que la tan pretendida “comunidad de las
Américas”, si alguna vez existió, ya no es tal. Hay algo profundamente perturbador
en llevar a cabo una reunión de este tipo, para celebrar las tres décadas de estas
cumbres, y hacerlo a apenas unos cientos de kilómetros (de hecho, en la misma
isla) de la tragedia que está ocurriendo en Haití, donde las Américas han brillado
por su ausencia y se han lavado las manos como Poncio Pilato.
 
Hace apenas unas semanas, 180 ancianas fueron asesinadas sin piedad por una
de las pandillas criminales que hoy controlan Puerto Príncipe, so pretexto de que
sus prácticas del vudú le habrían hecho daño al hijo del jefe de esa pandilla. Hace
unos días, otra pandilla le prendió fuego a un hospital, y, anteriormente, los
disparos en contra de varios aviones de pasajeros en el aeropuerto internacional
de la capital llevo a la Administración Federal de Aviación de los EE. UU. a
suspender los vuelos a Haití por una semana. Desde 2021, año del magnicidio del
entonces presidente haitiano, Jovenel Moise, se estima que las pandillas han
asesinado a unos 12,000 haitianos, y desplazado a unos 600,000.
 

Lo increíble es que este descenso a la barbarie se produce ante la mirada
impertérrita de la así llamada “comunidad de las Américas”, que no hace nada al
respecto, pese a numerosos llamados del gobierno haitiano. De hecho, en medio
de esta tragedia épica, el gobierno dominicano se dedica a deportar en jaulas a
ciudadanos haitianos con largos años de residencia en el país.
 
A su vez, el presidente electo de los EEUU, Donald Trump, quien en su campaña
electoral, acuso falsamente a inmigrantes haitianos de comerse los perros y los
gatos de los habitantes de Springfield, Ohio, también amenaza con deportaciones
masivas de haitianos a su país de origen, lo que no haría sino empeorar las cosas.
 
El que se haya tenido que recurrir a un destacamento de 400 policías kenianos,
una cifra absolutamente insuficiente para enfrentar a las pandillas, cuyos
miembros se estiman en decenas de miles, lo dice todo. Haití ha pasado de una
condición de “estado frágil”, un estado en que le cuesta mucho proveer los
servicios mínimos de educación, salud, y de utilidad pública que la ciudadanía
espera, a una de “estado fallido”. Este ultimo pierde ya incluso el monopolio de la
fuerza, y entrega la calle y la seguridad pública a las pandillas. De ahí al abismo,
hay solo un paso.
 
Que las Américas sean incapaces de actuar y tomar medidas para evitar que el
país mas pobre del continente siga cuesta abajo por este despeñadero, como lo
hicieron con gran sentido de responsabilidad en 2004 con MINUSTAH, la misión
de la ONU destinada a estabilizar el país, es incomprensible. Ello nos indica que la
tan pretendida “comunidad de las Américas” que las cumbres supuestamente
reflejan, no es más que una mera ficción.