Queridos hermanos cardenales:
Les doy la bienvenida y les agradezco de corazón que hayan aceptado una
vez más mi invitación. Su presencia manifiesta la solicitud por toda la
Iglesia que compartimos en el servicio al Pueblo de Dios y a la misión que
el Señor nos ha confiado.
En el Consistorio del pasado mes de enero expresé un deseo sencillo: que
estos encuentros nos ayudaran a aprender cada vez más a «trabajar juntos
en el servicio de la Iglesia» y a proseguir «una conversación que me ayude
en el servicio de la misión de toda la Iglesia». No eran solamente palabras
introductorias. Sigo pensando que esta es una de las responsabilidades
más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio. También nosotros,
como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un
resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión
cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas,
relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente.
En estos meses he tenido ocasión de recordar varias veces que estamos
llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, una comunión que
toma forma en una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma
misión, cada uno según su propio carisma y su propio ministerio.
Como dije a la Curia Romana, esta comunión «se construye, más que con
las palabras y los documentos, mediante gestos y actitudes concretos que
deben manifestarse en lo cotidiano, también en el ambiente
laboral» (Discurso alla Curia Romana en ocasión del saludo de Navidad, 22
diciembre 2025). No somos custodios de intereses particulares,
sino «discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo
fermento de fraternidad universal» (ibíd.).
Por este motivo he deseado que nuestro trabajo se concentrara en cuatro
temas profundamente vinculados entre sí.
En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en el que la
Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio. Antes de preguntarnos qué
hacer, es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la
fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos. Como recordé
hace pocas semanas, «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas,
visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el
Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia» (Homilía
en la “Plaza de Cibeles”, Madrid, 7 junio 2026). También hoy el Señor sigue
precediéndonos en la historia, y la Iglesia está llamada ante todo a
reconocer su presencia.
Después reflexionaremos juntos sobre la cultura del poder y la civilización
del amor. Muchos de ustedes provienen de tierras marcadas por la guerra,
la violencia, la polarización social o religiosa. Pero ninguno de nosotros es
ajeno a las muchas formas de conflicto, de abuso y de fractura que
atraviesan hoy nuestras sociedades. Por eso, el discernimiento que estamos
llamados a realizar nos concierne a todos e interpela la misión de la Iglesia
en cada contexto. La encíclica Magnifica humanitas nos ofrece algunas
claves preciosas para leer este tiempo. Me interesa sobre todo escuchar
cómo resuenan estas páginas en sus Iglesias, qué interrogantes suscitan,
qué perspectivas abren, qué pasos sugieren. En efecto, una encíclica
continúa su camino cuando es acogida, interpretada y encarnada en la vida
concreta de las Iglesias.
La tercera sesión profundizará nuevamente en la Magnifica humanitas,
interrogándose sobre la contribución que la Iglesia puede ofrecer a la
construcción del bien común. Vivimos en un tiempo en el que crece la
tentación de la fragmentación y prevalecen fácilmente los intereses
particulares. La Doctrina social de la Iglesia nos recuerda que el bien
común no nace espontáneamente, sino que exige responsabilidades
compartidas. Para la Iglesia, esto asume una forma muy precisa: un estilo
sinodal al servicio de la misión del Reino. Lo recuerda la encíclica Magnifica
humanitas en el n. 86, añadiendo que esto requiere atención al modo en
que se toman las decisiones y se ejercen las responsabilidades, en la
transparencia, la evaluación y la corresponsabilidad.
Finalmente, dedicaremos una sesión al camino de aplicación del Sínodo.
Esta última sesión no abre un tema nuevo, sino que recoge y pone en
relación cuanto habremos compartido en las sesiones anteriores. Ante las
heridas del mundo, la construcción del bien común y la misión de la Iglesia,
la sinodalidad indica un modo de proceder: escuchar, discernir y asumir
juntos la responsabilidad de las decisiones que el Señor nos confía. La
sinodalidad no es ante todo un conjunto de procedimientos; como he tenido
ocasión de decir varias veces, la sinodalidad es una actitud, una apertura,
una disponibilidad para comprender. A veces ha sido interpretada como una
disminución de la autoridad. En realidad, nos ayuda a comprender más
profundamente el significado de la autoridad misma, que existe para
custodiar la comunión, favorecer la participación de todos y orientar el
camino común de la Iglesia.
Estas cuatro sesiones encuentran su unidad en la perspectiva misionera
que compartimos en el último Consistorio y que recordé en la carta del
pasado mes de abril. No estamos aquí ante todo para reflexionar sobre la
vida interna de la Iglesia.
Todos los temas que afrontaremos —la mirada sobre el mundo, la paz, el
bien común, la sinodalidad— convergen en una única pregunta: ¿cómo
podemos ayudar hoy a nuestras Iglesias a anunciar el Evangelio con mayor
fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas
de la Iglesia. Es su razón de existir y, precisamente por eso, se convierte
también en el criterio que orienta nuestro discernimiento. Cuando
aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a
reconocer la acción del Espíritu en las diversas Iglesias, no estamos
solamente mejorando nuestro modo de trabajar; estamos llegando a ser
una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de
nuestro tiempo y de darles testimonio de la alegría del Evangelio.
Por eso deseo pedirles una ayuda particular. El ministerio que el Señor me
ha confiado no puede vivirse en soledad. Necesita de su experiencia, de su
sabiduría pastoral, de su conocimiento de las Iglesias y de los pueblos que
les han sido confiados. Cuento con ustedes para que me ayuden a discernir
lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia. Necesito su apoyo: fuerte, explícito y
público. Necesito sentirme sostenido por ustedes como por hermanos.
Les pido, por tanto, que me acompañen no sólo en estos días de trabajo,
sino también en el servicio cotidiano a la comunión de la Iglesia universal.
Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las Iglesias, a reconocer los signos
de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también a no
ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden
ralentizar el camino. Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un
consejo sincero es siempre un acto de comunión.
Les pido además que sostengan, cada uno en su propia Iglesia y en su
propio ministerio, este estilo de discernimiento eclesial. Sé que exige
paciencia y que a veces suscita interrogantes. Sin embargo, estoy
convencido de que el Señor nos está enseñando una manera más
evangélica de vivir juntos la responsabilidad que nos ha confiado. También
de esto dependen la credibilidad de nuestro testimonio y la fecundidad de
nuestra misión.
Deseo, por tanto, animarlos a vivir con convicción el trabajo en los grupos.
Sé bien que, para muchos de nosotros, no es el modo habitual de
desarrollar un Consistorio. Y, sin embargo, también esto forma parte del
camino por el que el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, quedará
espacio también para las intervenciones personales y, como siempre, cada
uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones
reservadas. Pero les pido que entren con confianza en este ejercicio
eclesial. También nosotros aprendemos la sinodalidad practicándola;
aprendemos juntos a crecer en la comunión. Les agradezco desde ahora su
disponibilidad, su libertad interior y su amor a la Iglesia.
Encomendemos estos días al Espíritu Santo, para que nos haga dóciles a su
voz y nos conceda la gracia de buscar juntos aquello que mejor sirve al
Evangelio y al bien del Pueblo de Dios.








