La Guerra de los Siete Años, finalizada en 1763, tres años antes de la Declaración
de Independencia de los Estados Unidos, marcó un giro decisivo para el destino
de Gran Bretaña y sus posesiones coloniales. El conflicto dejó a Gran Bretaña
como una gran potencia, al obtener vastos territorios en Asia, África y América. Sin
embargo, la amplitud del imperio se reveló muy rápido como un problema de difícil
manejo. La administración y defensa de los nuevos dominios incrementó de
manera drástica los gastos estatales y multiplicó los costos.

Al primer ministro británico George Grenville se le ocurrió trasladar dicho
costo a las colonias americanas. Medidas como la Ley del Azúcar de 1764 cambiaron
las reglas del comercio colonial. El imperio gravó productos esenciales y obligó a que las
exportaciones pasaran por Londres. En las colonias, los precios aumentaron, las
ganancias de los comerciantes locales se redujeron y la economía perdió margen
de maniobra. Muchos colonos interpretaron esas restricciones como una forma
de financiar la deuda británica a costa de su propio desarrollo. Y el malestar se
extendió con rapidez. La situación empeoró un año más tarde, en 1765, con la Ley
de Timbres, que exigía que documentos legales, periódicos y otras publicaciones
llevaran un sello oficial para tener validez. El cambio afectó la vida cotidiana y la
actividad comercial. La respuesta fue inmediata: representantes de varios
territorios se organizaron para exigir la derogación de la ley y lograron su
revocación.

Estas normativas no solo incrementaron el malestar, sino que sirvieron de base
para la ruptura posterior. El conflicto volvió a escalar en 1773, cuando el
Parlamento británico aprobó la Ley del Té. La norma otorgó a la Compañía
Británica de las Indias Orientales el control exclusivo de la venta de té en las
colonias y dejó fuera del negocio a los comerciantes locales.
En Boston, el gobernador del imperio obligó a desembarcar un cargamento de té,
pero un grupo de colonos, disfrazados de indígenas, abordó los barcos y tiró la
carga al mar. El episodio pasó a la historia como el Boston Tea Party. Para Gran
Bretaña, fue un desafío directo a la autoridad de la Corona y respondió con
medidas destinadas a aislar y castigar a Massachusetts.
ARCHIVO-En esta foto del lunes 11 de diciembre de 2017, visitantes del Museo del
Motín del Té de Boston lanzan réplicas de históricos contenedores de té desde una
La estrategia produjo el efecto contrario. En apoyo a Massachusetts, las restantes
colonias organizaron un boicot contra los productos británicos y formaron un
Ejército Continental bajo el mando de George Washington para enfrentar a las
tropas del rey. Inglaterra reforzó su ofensiva con el envío de mercenarios
alemanes, además de sus fuerzas regulares. Esa decisión alimentó aún más el
descontento de los colonos.

El impulso formal hacia la ruptura llegó en junio de 1776 en la reunión del
Congreso Continental en Filadelfia. Ahí, el estadista de Virginia Richard Henry Lee
propuso que las colonias declararan su independencia de Gran Bretaña. A partir
de esa iniciativa, el Congreso encargó un texto justificativo a un comité de cinco
miembros: Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Roger
Sherman y William Livingston. Ellos son los llamados “Padres Fundadores”.
El 4 de julio de 1776 el Congreso Continental adoptó en Filadelfia la Declaración de Inddencia de Estados Unidos.

El borrador redactado por Jefferson fue presentado el 28 de junio y abrió varios
días de intensos debates en el Congreso Continental. La votación decisiva llegó el
2 de julio. Caesar Rodney, delegado de Delaware, llegó a tiempo para romper un
empate, mientras que los representantes de Pensilvania se abstuvieron, una
decisión que terminó de inclinar la balanza a favor de la independencia.
La aprobación de la ruptura con Gran Bretaña no significó el final del proceso. La
Declaración todavía debía revisarse y los delegados dedicaron el 3 y el 4 de julio a
introducir cambios antes de su aprobación definitiva.

El acto fundacional de los Estados Unidos ocurrió el 4 de julio de 1776,
cuando el Congreso adoptó en Filadelfia la Declaración de Independencia, el
texto que fijó la base legal y política de la nueva nación, explicó la separación
del Imperio británico y estableció la igualdad, los derechos inalienables y el
consentimiento de los gobernados como base política de los Estados Unidos.
La decisión de romper con Gran Bretaña había sido aprobada dos días antes, el 2
de julio, pero el documento que la justificó y formalizó quedó formalizado dos días
después. El documento no se limitó a anunciar la separación de Gran Bretaña,
además expuso una doctrina política. Uno de sus pasajes centrales dice:
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son
creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos
inalienables”.