Jorge Heine
Profesor de Relaciones internacionales
Universidad de Boston

En su reciente debate con la vicepresidenta Kamala Harris, el expresidente Trump
sostuvo que Estados Unidos ya parecía una “Venezuela al cubo”, como resultado
de los “millones y millones” de inmigrantes latinoamericanos que llegarían al país.
Con ello repitió las referencias despectivas a la región que hizo en su debate
previo con el presidente Biden. Más allá de sus falsas acusaciones (los estudios
indican que, en promedio, los inmigrantes en EE. UU. cometen menos delitos que
los nativos), las posibilidades de Trump de ganar las elecciones en noviembre son
reales, y la región debe prepararse para ello.
 
La doctrina del No Alineamiento Activo (NAA) surgió en la región en 2019-2020 en
el primer gobierno de Trump. Respondió a la urgencia de enfrentar los dilemas de
países que se encontraban entre la espada y la pared, bajo presiones tanto de
Washington como de Beijing. El NAA provee un compás, una guía para la acción
para navegar las turbulentas aguas del mundo actual.

Indica que el mejor camino a seguir es no comprometerse de antemano con
ninguna de las partes en pugna, poner el interés nacional al frente, y, en lo
posible, coordinarse con otros países de la región para ofrecer un frente unido
ante los embates venideros.

Y la estrategia que corresponde a esta doctrina consiste en lo que podríamos
llamar “tantear el terreno”. La competencia entre grandes potencias propia de
nuestra época (a diferencia del “momento unipolar” de hegemonía indiscutida de
EEUU en la post-Guerra Fría, 1991-2016) pareciera dejar en la indefensión a las
potencias medianas y pequeñas. A estas no les quedaría más remedio que
“agachar el moño¨ y seguir las instrucciones de las grandes potencias. En la
práctica, ello no es así.

El mero hecho de la competencia entre estas últimas abre un espacio no
disponible en los años de indiscutida hegemonía estadounidense. Este tampoco
existía en los años de la Guerra Fría, al menos no en términos económicos, dado
el relativamente pequeño tamaño de la economía soviética, y su carácter cerrado.

Pero la situación hoy es distinta. La economía china ya es mayor que la de EE.
UU. medida en términos de paridad de poder adquisitivo, es una economía
abierta, y ofrece muchas oportunidades a los países latinoamericanos. De hecho,
China ya es el mayor socio comercial de Sudamérica en su conjunto.

Esto significa que nuestros países pueden ¨tantear el terreno¨ y explorar quien
ofrece las mejores condiciones, si Washington o Beijing, para determinados
proyectos, o en determinadas áreas. En coyunturas internacionales de alta
incertidumbre, como la actual, esta es una mejor aproximación que matricularse
con un lado u otro. En términos tácticos, esto implica actuar proveyendo cobertura,
esto es, tomando medidas aparentemente contradictorias y manteniendo una
posición de repliegue para evitar impactos negativos en caso de cambios súbitos
en el entorno.

Lejos de tratarse de un enfoque oportunista, como han dicho algunos, es, por
lejos, la respuesta mas racional a un mundo atribulado, en el cual optar por el
camino equivocado puede tener consecuencias desastrosas.

Tanto es así, que, aunque el NAA surgió originalmente en América Latina como
respuesta a la disputa entre EE. UU. y China, se ha seguido difundiendo, con
variantes, por el resto del Sur Global.

Las guerras en Ucrania y en Gaza han sido importantes impulsores de ello.
Sudáfrica ha proclamado el NAA como la doctrina en la cual basa su política
exterior. Vietnam ha establecido su ¨diplomacia del bambú”, que se precia de
mantener buenas relaciones con EE. UU., China y Rusia, sin matricularse con
ninguna de ellos.

La competencia entre las grandes potencias, en que estas tratan de ganarse los
corazones y las mentes de los pueblos, ofrece un margen de maniobra para que
potencias medianas y pequeñas obtengan mejores condiciones para el comercio,
la inversión y el financiamiento del desarrollo.

Para las primeras, su mayor preocupación es geopolítica. Para las segundas, lo es
el desarrollo. Ello el permite a estas últimas negociar términos y obtener ventajas
que de otra forma no podrían. Y esto no es una cuestión ideológica. Responde a
una lógica pragmática.

De muestra, un botón. Ecuador sufre de una alta deuda externa. Le urge un mayor
acceso a mercados. Sin embargo, sus tratativas por negociar un tratado de libre
comercio (TLC) con EE. UU. fueron rechazadas de plano por Washington, que ya
no firma tratados de ese tipo. Sin pestañear, el gobierno conservador de Guillermo
Lasso fue a golpear puertas a Beijing, donde se le recibió con los brazos abiertos.
El TLC entre Ecuador y China entro en vigor el 4 de mayo de este año. Hay una
lección allí, para todos aquellos que quieran verla. Y en un periodo en que nos
aprontamos para lo que puede ser una segunda administración Trump, no hay que
dejar de tenerla presente.