Por Jorge Varela
Analista politico
El mundo actual está siendo objeto de un tremendo cambio en las relaciones internacionales cómo no se vivía desde la caída del Muro de Berlín, ese derrumbe que Francis Fukuyama y seguidores calificaron de “El fin de la Historia”. Dicha caída antecedió al colapso del imperio de la Unión Soviética ocurrido en 1991. Para muchos lo ocurrido allí fue una representación simbólica del final de la Guerra Fría. Al desaparecer el bloque soviético desapareció también el orden bipolar existente desde la II Guerra Mundial. Pronto vino la fase de una nueva reconfiguración de Europa.
Del mundo unipolar a la expansión de zonas geopolíticas
El mundo se convirtió durante cierto tiempo, en un mundo unipolar liderado por Estados Unidos. La caída del Muro de Berlín era -según se dijo-, el triunfo consagratorio del capitalismo-liberal y la democracia representativa. Pero el Hombre y el mundo nunca se detienen, mientras el primero se empecina en hacer realidad sus visiones, sueños, concepciones o utopías, el segundo gira y gira en el espacio infinito; ambos atrapados en la denominada cárcel del tiempo y del espacio.
Hoy la zarandeada Humanidad enfrenta tremendos desafíos: el Estado-nación se encuentra en declive, su alabada soberanía ha perdido estatura y se muestra impotente ante el avance y conformación expansiva de ciertas zonas geopolíticas en un planeta convulso, que tiene áreas en estado de guerra y.varias cercanas al caos. La democracia liberal representativa exhibe signos preocupantes de decadencia. Los organismos internacionales han dejado de asegurar la paz mundial y el desarrollo de la humanidad, al derivar en entes ineficaces. Es sin duda, la incierta y dura realidad que vivimos en esta fase casi apocalíptica.
Mucho se habla de la crisis del multilateralismo y del exhausto orden mundial -todavía vigente- que lo ha guarecido. Los viudos y viudas de esta entelequia de poder ordenante -mal asesorados por analistas enigmáticos- no parecen dispuestos a aceptar que “el mundo está cambiando y cambiará más” según dice la letra de “Es la lluvia que cae”, tema que cantaban los integrantes del conjunto musical uruguayo “Los Iracundos”. Tal vez por eso, se llamaban así.
La disputa multipolar
Hoy el afán de influencia consustancial al poder y la fuerza no se sitúa exclusivamente en un único centro o sistema hegemónico o en una única visión acerca del destino humano, lo que alimenta la incertidumbre y multiplica los conflictos de distinta naturaleza.
Las decisiones y acciones de Estados Unidos, China, Rusia, India, Unión Europea, Reino Unido, sobre países del área Asia-Pacífico, Liga Árabe y Unión Africana, permiten deducir y confirmar cómo la zona de América Latina y el Caribe no está ni estará fuera del alcance y efecto de políticas externas lesivas elaboradas fuera de la región.
En tal sentido, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú, Chile -entre otras naciones- no son inmunes ni pertenecen a otra dimensión del universo, por lo que deberán captar y entender -al menos- los contornos filudos del naciente reordenamiento mundial. En el caso del país austral la serie de conversaciones entre altas autoridades del Ejecutivo para acordar con China la instalación de un cable submarino transpacífico que conectara Hong Kong con Concón -en la costa de Valparaíso- ha generado tal conmoción que el gobierno de Estados Unidos ha decidido precisar su posición respecto de la seguridad regional y ha adoptado medidas específicas. Se trata de una situación demasiado inquietante, para no usar la expresión ‘insostenible’. China se ha convertido a mayor abundamiento, en el primer socio comercial de Perú, Brasil y Chile; y en el segundo -tras Estados Unidos- de México y América Central. En la región se constata además, un desplazamiento claro de la Unión Europea.
Una región a los tumbos
Mientras las cancillerías latinoamericanas no recuperen esa perdida y añorada capacidad estratégica para asesorar a sus gobernantes, orientando de modo inteligente el curso de la política exterior de sus respectivos Estados, la región continuará a los tumbos sin posibilidad de encontrar un camino que la identifique y proyecte hacia un futuro digno.
No todo debiera ser reducible al logro exclusivo del crecimiento y avance tecnológico a cualquier precio, ni a la firma de simples acuerdos de comercio y negocios. Hay principios esenciales que constituyen la encarnación del sentido de pertenencia a nuestra civilización y cultura de origen cristiano, que rechazan formas de asentamientos sujetas a control totalitario; junto a valores que proclaman la supremacía de la existencia libre, fundados en una visión ética de la persona, de la sociedad, de la política y de la economía.








