Hasta la fecha, el Consejo de Seguridad de la ONU ha realizado seis votaciones
para concordar un nombre que no genere el veto de los cinco países que tienen
derecho a ejercerlo. Rebeca Grynspan, Carolyn Rodrigues-Birkett y Rafael Grossi
han sido los candidatos más votados hasta la fecha, pero los tres personeros
sufrieron dos vetos de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.
La falta de acuerdo entre Estados Unidos y China para designar al futuro(a)
Secretario (a) General de la ONU, Emiratos Árabes Unidos (EAU) hizo un jugada
maestra para destrabar el tema de la sucesión de Antonio Guterres, que termina
su mandato en 70 días más. Mohamed bin Zayed Al Nahyan – jeque de EAU -,
presentó el nombre de Lana Zaki Nusseibeh, ministra de Estado y exembajadora
en Naciones Unidas, como candidata al importante cargo internacional.
Según diversos círculos internacionales la postulación de la ministra de los
Estados Árabes Unidos, contaría con el V° B° o al menos, con la aceptación de
Estados Unidos y de China . Selaó la nueva postulante: “Mi experiencia trabajando
con las Naciones Unidas me ha demostrado tanto el potencial de la diplomacia
para tender puentes sobre las diferencias como la urgencia de reformar nuestros
sistemas multilaterales para hacer frente a los complejos desafíos globales de
hoy”, en una declaración que contempla los intereses multilaterales de Estados
Unidos y China.
La candidatura de Nusseibeh intenta romper el deadlock causado por la
imposibilidad de lograr una votación en el Consejo de Seguridad sin vetos
cruzados para los tres candidatos, que -hasta ahora- tenían posibilidad de acceder
a la Secretaria General de la ONU. El Presidente Trump avalaría la candidatura
de Nusseibeh, pues el jeque Al Nahyan es aliado de Estados Unidos y tiene una
profunda relación diplomática con Israel. A su vez, Emiratos Árabes Unidos y
China tienen una Asociación Estratégica Integral que incluye acuerdos sobre
energía, infraestructura, inteligencia artificial y seguridad. El comercio entre EAU y
China ya superó la barrera de los 110.000 millones de dólares, al margen de las
inversiones directas que ejecuta Beijing para profundizar su influencia en Medio
Oriente.








