Por Jorge Heine
Investigador No Residente, The Quincy Institute (Washington, DC).
En medio de mucho comentario engañoso sobre las relaciones entre Estados
Unidos y Venezuela, la columna de Francisco Rodríguez “Trump necesita una
rampa de salida en Venezuela” (Opinión, FT Weekend, 6 de diciembre), constituye
una brisa de aire fresco.
Gran parte de las opiniones al respecto han sido en la dirección opuesta, esto es,
que sería el presidente venezolano, Nicolás Maduro, quien necesitaría una salida.
De hecho, es al revés. En Venezuela, la administración Trump se ha metido en un
callejón sin salida. Al desplegar una importante presencia naval en el Caribe,
incluyendo el portaaviones más grande de Estados Unidos, el USS Gerald R.
Ford, y un gran número de buques adicionales de la Armada estadounidense; al
hundir ilegalmente varios supuestos barcos narcotraficantes frente a las costas
venezolanas y asesinar a sus tripulantes; al cerrar arbitrariamente ( e ilegalmente)
el espacio aéreo venezolano; y al amenazar con atacar territorio venezolano, la
administración Trump ha reducido al mínimo sus propias opciones.
Se suponía que toda esta presión, de alguna manera, llevaría a la renuncia de
Maduro, una suposición equivocada. Los regímenes autoritarios no están
conformados solo por un líder, sino que por un vasto aparato de apoyo, que está
muy consciente de lo que les espera una vez que el líder deje el poder. Este
aparato no está dispuesto a rendirse.
En este punto, la administración Trump tiene dos opciones: algún tipo de ataque
quirúrgico contra algunas bases militares venezolanas y otras localidades que
identifique como centros de narcotráfico, y luego dar por finalizado el conflicto; o
una invasión terrestre a gran escala al estilo de Irak. Ambas son problemáticas. La
primera implicaría mantener en pie un régimen de Maduro fortalecido. La segunda
significaría exactamente el tipo de “guerra interminable” contra la que Trump hizo
campaña en 2024, con un escenario similar al de Libia, un país que, 14 años
después de la invasión liderada por la OTAN, aún se encuentra sumido en una
guerra civil. Rodríguez tiene razón. La mejor opción para Estados Unidos ahora es
una solución de compromiso que considere algunas de las demandas de
Washington, pero que no suponga un cambio de régimen.








