Por Jorge Varela
Analista politico

El republicano Donald Trump acaba de ser elegido como el
presidente número 47 de los Estados Unidos de
Norteamérica: una victoria contundente y a la vez
sorprendente para algunos, en particular para determinados
medios de comunicación que desplegaron una campaña
intensa y adversa en su contra. A pesar de ellos, Trump ha
vencido de manera contundente e incontrarrestable.
¿Por qué ganó Trump? La respuesta fluye a través de
diversas vertientes que conforman un verdadero delta de
causalidades y explicaciones, muchas de las cuales fueron
ocultadas e ignoradas por analistas expertos que se dejaron
arrastrar por vientos provenientes de puntos cardinales
conocidos y reconocidos.

Articulistas en el desierto
En América Latina y Chile la cantidad de comentaristas que
erraron antes del resultado y han enmudecido después del

batacazo, da para elaborar un largo listado de articulistas
extraviados en cualquier desierto terrenal, no solo en el de
Arizona (desierto de Sonora). Incluso hay un crítico que
ejerce de embajador ante la Casa Blanca en Washington. Un
caso de imprudencia y arrogancia diplomática que es
necesario destacar y tener en consideración. Otro ex-
embajador envió una carta a un diario para expresar sus
inquietudes y temores antes del triunfo de Trump, titulada
“Democracia norteamericana en peligro”. (“La Tercera”, 4 de
noviembre de 2024)
A su turno, después de la elección, el economista chileno
Sebastián Edwards Edwards calificó de “sorprendente la
fortaleza que (Trump) tuvo en casi todos los grupos
demográficos y etarios”,…”mejoró fuertemente entre
afroamericanos, latinos y jóvenes. El único grupo donde
perdió terreno fue en el de las mujeres con educación
universitaria”. Edwards percibe como gran riesgo, -eso sí-,
“que (el ganador) trate de socavar a las instituciones
democráticas”. En su opinión, otros peligros serán el
proteccionismo y las medidas económicas populistas. Avizora
además una política fiscal desenfrenada. Sin embargo, en el

campo internacional no ve -quizás por intuición- mayores
riesgos. (entrevista, “Ex-Ante”, 6 de noviembre de 2024)
Estos análisis críticos no son los únicos.

Predicciones y Pronósticos
La mayoría de los agoreros que hoy exudan temor y yacen en
el suelo agobiados por el peso de sus pronósticos
catastrofistas, han dicho que vendrá un periodo de
incertidumbre. Otros anticipan un régimen de “populismo
autoritario”.
Hasta los editorialistas de The New York Times bajo la
inspiración de un espíritu todavía resentido por la fuerza del
huracán y con ojos que reflejan el azul de la derrota, han
concluido en que: “Estados Unidos tomó una decisión
arriesgada”… “que pone a la nación en un rumbo precario
que nadie puede predecir del todo”. Enseguida señalan que
“todos los estadounidenses deberían estar alerta ante un
gobierno de Trump que probablemente dará la mayor
prioridad a la acumulación de poder sin control”;…”a estas
alturas, no puede haber malentendidos sobre quién es
Donald Trump y cómo pretende gobernar”. Los miembros del
Comité Editorial referido afirman que “la elección de Trump

supone una grave amenaza” para la república de Benjamin
Franklin. (“The New York Times”, 6 de noviembre de 2024)

Trump y el poder
¿Qué hará Trump, como presidente, ahora que ha
conquistado el tremendo poder que le han otorgado los
ciudadanos estadounidenses?
Jon Meacham, un destacado historiador norteamericano,
sostiene que “la democracia es frágil y humana, y su éxito
depende de lo bien -o mal- que los estadounidenses
gestionen sus propios apetitos”. “Nada de lo ocurrido en la
última década sugiere que un Trump reelegido tendría algún
incentivo para frenar a los suyos”.
Es más, “Estados Unidos siempre ha estado marcado por la
tensión entre la esperanza y el miedo, la justicia y la injusticia,
la gracia y la rabia”. (Jon Meacham, ensayo en “The New
York Times”, 5 de noviembre de 2024)
A juicio de Peter Baker, antiguo corresponsal ante la Casa
Blanca, “la clase política ya no puede desechar a Trump
como una interrupción temporal” de la larga marcha hacia el
progreso: como “un caso fortuito que de algún modo se coló
en la Casa Blanca”. Ocurre que “el desencanto populista….y

el resentimiento contra las élites demostraron ser más
profundos”. “Con este regreso ganador…se ha establecido
como una fuerza transformadora que está rehaciendo
Estados Unidos a su imagen y semejanza”.
Trump aprovechó la sensación de muchos ciudadanos de
que estaban perdiendo al país que conocían, asediado
económica, cultural, demográficamente y geopolíticamente.
“Aprendió de su primer mandato, no tanto sobre política, sino
sobre cómo mover las palancas del poder”. “Al fin y al cabo,
es el Estados Unidos de Trump”. (“El Estados Unidos de
Trump”: el regreso que señala un país diferente, “The New
York Times”, 7 de noviembre de 2024)
En su columna, Baker señala que esta elección reivindica el
argumento del historiador Timothy Naftali de la Universidad
de Columbia, de que “Estados Unidos es un país cansado de
las guerras en el extranjero, la inmigración excesiva y la
politica ‘woke’”.

Visión de Hannah Arendt
“Los Estados Unidos de América es uno de los pocos países
en los que puede darse, al menos teóricamente, una
separación adecuada entre libertad y soberanía mientras no

amenace los fundamentos de la República”, argumentó hace
décadas Hannah Arendt. Según su enfoque analítico, “los
acuerdos internacionales forman parte de la ley del país, y,
como afirmó el juez James Wilson en 1793, la Constitución
de los Estados Unidos ignora totalmente el término
soberanía”. Para ella “este lúcido distanciamiento del
lenguaje tradicional y del marco político conceptual del
estado-nación-europeo, pasó hace mucho tiempo. El legado
de la Revolución Americana ha caído en el olvido, y el
gobierno norteamericano se ha apropiado del legado
europeo”…”sin darse cuenta, desgraciadamente, de que a la
decadencia del poder precedió, y acompañó en Europa la
quiebra política: la quiebra del estado nación y su concepto
de soberanía”. (“Sobre la violencia”, Alianza Editorial, Madrid,
2018)
“Estados Unidos, un país basado, de acuerdo con el principio
federal, en la división de poderes (…) se ha lanzado de
cabeza, con el aplauso unánime de todas las fuerzas
progresistas, al experimento, nuevo para Norteamérica, de la
administración centralizada, con el gobierno federal
controlando los poderes estatales y el poder ejecutivo
mermando el poder del Congreso”. “Es como si el país (…)

quisiera compartir ahora la decadencia de las distintas
metrópolis repitiendo aquellos errores que los padres de la
Constitución se propusieron corregir y eliminar”. “Estados
Unidos, un país basado en la pluralidad de poderes
sometidos a un equilibrio y un control mutuo, se enfrenta
ahora no solo a la desintegración de las estructuras de poder,
sino a un poder que, aunque aparentemente siga intacto y
libre para manifestarse, está perdiendo fuerza y se muestra
cada vez más ineficaz”. (“Sobre la violencia”)

Realidad y pugna sucia
Esta realidad descrita con brillo y acierto por Hannah Arendt
no es, sin duda, imputable en su origen a Donald Trump.
Viene de ese ayer que Joseph Biden y gobernantes
antecesores de su tendencia partidista han insistido en
prolongar mediante un discurso presuntuoso y nefasto,
avalado por una élite académica y una burocracia que ha
tenido a su favor la complicidad de importantes medios de
comunicación que no estaban dispuestos a aceptar derrotas,
ni lo estarán. Para estos grandes medios Trump ha sido y
seguirá siendo el blanco predilecto de ataques, esos que
trasuntan el deseo oculto de emularle y que expresan al

mismo tiempo toda la basura y frustraciones del periodismo
contemporáneo incapaz de lidiar contra los centros de
influencia financiera y de encarar al poder creciente e
indómito de las redes sociales.
A veces es difícil comprender la naturaleza concreta de esta
pugna sucia entre un personaje mediático y las grandes
cadenas de noticias, reflejo de intereses oscuros no
admitidos. ¿Ha escuchado o leído a algún redactor o director
de medio de comunicación norteamericano que haya
aceptado su corresponsabilidad en la degradación moral y
cultural de dicha nación?
Incluso la aturdida ‘inteligencia’ endogámica de los campus
universitarios tampoco ha querido aprobar, ni menos
compartir, que un extraño les arrebatara el botín del poder y
la facultad de pulsar el botón nuclear, aunque fuese por un
lapso breve.

El fenómeno del trumpismo
“Trump no es tanto la causa del deterioro político y moral de
la sociedad que preside como su consecuencia”, escribió
Juan Luis Cebrián hace casi cuatro años, la primera vez que

Trump fuera elegido presidente. (“El País”, “Un psicópata en
la Casa Blanca”, 11 de enero de 2021)
Aceptemos que antes de él ya existía el “trumpismo”, si se
entiende a dicho movimiento como populismo
neoconservador. Posiblemente el fenómeno descrito seguirá
activo incluso si Trump dejare de ser la figura emblemática y
desapareciere del escenario político.
“La gran interrogante es: ¿después de Donald Trump habrá
otro caudillo semejante que rompa con todo?, o ¿solo Trump
podría sustituir a Trump?” (*) (“Goodbye Mr. Trump. I’ill see
you later”, ver artículo en “El Montonero”, Perú, 19 de enero
de 2021)
Todo indica que los trabajadores, los latinos y los jóvenes,
como parte vertebral de esa avalancha de 74 millones de
estadounidenses que le encumbraron para hacer realidad sus
sueños y anhelos de rehacer a Estados Unidos, estarán
expectantes para constatar si estos se logran en la nueva
etapa.