Por Jorge Varela
Analista politico
El economista Ernesto Tironi al discrepar de lo expuesto en el último libro de
Sebastián Edwards, titulado “El Proyecto Chile: La Historia de los Chicago boys y
la caída del neoliberalismo”, ha expresado un punto de vista divergente de lo
planteado por el autor. No comparte la interpretación allí contenida. Aunque la
visión de Edwards le “cae como patada en la guata”, evita que sus emociones
negativas lo superen y hace esfuerzos para deslizarse por el carril de la
racionalidad. Al finalizar su reflexión recomienda “dejar el pasado atrás y vivir más
plenamente el presente”…“como un acto consciente, determinado y radical”; verlo
cómo una salida para superar emociones que nos acercan o confrontan con otros.
(Ernesto Tironi, artículo “Reacciones y emociones en política”, “El Libero”, 4 de
octubre de 2024)
Violencia criminal sin autoría intelectual
En las líneas siguientes dedicadas al análisis de lo ocurrido hace cinco años, –
octubre de 2019-, se intentará desconocer esta recomendación, ya que “dejar el
pasado atrás“ no es ni sería recomendable para tratar la magnitud de aquella
violencia criminal. No faltará quien diga: en la historia republicana convulsa de
Chile -que tiene 214 años- hay varios capítulos violentos, incluso más violentos.
Más, la gran diferencia entre ellos es que en casos anteriores se ha logrado
conocer y determinar la participación directa de los autores materiales de los
hechos y se ha indicado la autoría intelectual de los mismos. En la ‘revuelta de
octubre’ de 2019 no se ha establecido judicialmente la identidad de sus autores
intelectuales; éstos además, no han tenido el coraje de confesar su participación.
Es posible presumir la de algunos, pero ello es insuficiente.
Al poder, mediante la violencia
Desde el sector involucrado se puede sostener de ‘modo antártico o austral
extremo’, -como usted prefiera-, que lo ocurrido fue una manifestación espontánea
de un pueblo castigado y oprimido por la elite y el neoliberalismo, pero habría que
ser necio para no darse cuenta que en esta rebelión planificada estaba nítido el
dibujo de un camino estratégico conducente al poder por medios violentos y que
en esos días toda táctica estaría permitida.
Pese a los esfuerzos por negar esta realidad amarga de la historia reciente, por
rehuir responsabilidades en la ejecución de actos violentos y poner caras de “yo
no fui”, es claro que las imágenes de individuos portando balones llenos de líquido
combustible y elementos contundentes, permanecerán como prueba irrefutable de
una voluntad criminal desquiciada dispuesta a quemar y destruir.
Barbarie octubrista en versión apologética
Desde la visión lúcida de la filósofa Lucy Oporto se ha esclarecido una serie de
factores que explican el fondo oscuro de lo acontecido, muchos de los cuales
continúan sin ser cuestionados debido al apagón intelectual circundante y a la
complicidad de políticos ansiosos de sacar réditos provenientes de cualquier
revuelta.
Oporto afirma que se dio un extraño fenómeno: “una incapacidad transversal,
entre representantes de visiones alternativas y progresistas en amplio sentido, de
aceptar el peso de la realidad de gravísimos hechos específicos ocurridos desde
su inicio”. “La violencia y tortura moral implicadas en sabotajes, destrozos,
saqueos e incendios (…) han tendido a ser omitidas y pasadas en silencio, para
acabar siendo banalizadas”. Al respecto, cita situaciones de banalización
amparadas en la argumentación del fallecido sacerdote Mariano Puga y del
historiador Gabriel Salazar.
Salazar argüía que “el pueblo vandálico”, -como lo denomina-, ha realizado “la
preciosa oportunidad que ha tenido en su vida para saquear en grande el modelo
más consumista que existe”. Es más, legitima esta violencia y apuesta a que dicho
pueblo continuará movilizado como parte de una voluntad colectiva para cambiar
todo. (entrevista en el programa “Última mirada”, CNN Chile, 7 de noviembre de
2019)
Signos de descomposición social y moral
A juicio de Lucy Oporto, la naturaleza de esta crisis social requiere un análisis
profundo, pues antes de los hechos referidos “había signos de un proceso de
descomposición y disolución social cada vez más violento y siniestro, acelerado
sobre todo a partir de los gobiernos de (Michelle) Bachelet”. (Ver ensayos de
crónica filosófica: “He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza”.
“Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer. destruir”,
Editorial Katancura, 2021)
El analista Sergio Muñoz Riveros, -quien militara en el Partido Comunista, -años
pretéritos-, ha escrito a su vez: “fue una tragedia moral y cultural que muchas
personas se mostrarán indulgentes frente a la barbarie”,…”en aquellos días se
debilitaron hasta un punto crítico los valores democráticos”. (artículo “La derrota
social del octubrismo”, “Ex-Ante”, 6 de octubre de 2024)
Posturas y enfoques éticos pro-violencia
Desde la vereda del frente el sociólogo Eugenio Tironi -hermano de Ernesto-
elaboró una fundamentación de la revuelta, teorizando acerca de que “el estallido
puede ser comprendido” como la reanimación de “un fondo ético colectivo que
parecía muerto, basado en un ethos católico, centralista y comunitarista, frente a
un ethos neoliberal”. Sin darse tiempo para respirar, continúa: “no fue raro,
entonces, que (el estallido) tomará la forma católica de la fiesta, con todo lo que
esta tiene siempre de sublime y de caótico, de congregación y desgarro, de gozo y
de violencia, de inspiración y desmesura”. (artículo “Seguir a Góngora”, “El
Mercurio”, 7 de noviembre de 2017)
¿Qué hay tras esta singular apología ‘tironiana’?: ¿una justificación teológica-
liberacionista?, ¿una influencia de naturaleza cristiana-marxista o marxista-
cristiana?, ¿una forma de redención social-política que no trepida en utilizar la
violencia vandálica?
Otro académico, profesor de derecho e integrante de la fracasada Convención
Constitucional, también emitió juicios controversiales acerca de esta revuelta. En
su opinión, ella abrió la puerta a una nueva Constitución: una aventura que
terminó en la mayor frustración sufrida por los vándalos y sus exégetas. ¿Cuántos,
desde sus cátedras, instruyeron a sus discípulos para que comprendieran que la
violencia era útil para lograr un fin determinado? ¿Cuántos aventureros
intelectuales persisten en glorificar la violencia, mostrando su incapacidad moral
para actuar en el mundo, porque abominan de un enfoque ético pacífico e
integrador?
Rabia, odio, revanchismo: expresión de identidad vandálica
Gabriel Salazar, -ese historiador de espíritu insurrecto ya citado-, confesó
proyectándose en tono desafiante, años después de la frustración acumulada:
“esta vez, al ir con rabia, la cosa no va a ser similar, no va a ser igual”. Según él,
en el estallido anterior, -octubre de 2019-, “no expresamos nuestra identidad”.
(entrevistado por “El Mostrador Radio”, 15 de abril de 2023)
¿Qué significa su frase: “no expresamos nuestra identidad”? ¿Cuál es dicha
identidad?
Quién sí pudiera tener la respuesta es el escritor y cronista Roberto Merino, el que
tras recorrer el centro de la capital, expresó: “lo único que puedo ver en esa huella
del estallido es el odio. Ningún discurso, ninguna convicción de nada. Lo que hay
es basura. Eso es lo que dejaron. Resentimiento puro. Revanchismo no sé de
qué”. (entrevista”Ex-Ante”, 17 de junio de 2022)
Merino está en lo cierto; el revanchismo, el resentimiento y el odio no fueron
triviales, ni se han olvidado. Tenían su razón maquiavélica y un sentido perverso.








