Por Jorge Varela
Analista político
La Democracia Cristiana chilena surgió como Juventud Conservadora en
la década de los años treinta del siglo pasado, tras la caída de Carlos
Ibáñez del Campo en 1931. Según el historiador Cristián Garay Vera, autor
del libro “El Partido Conservador Chileno, 1857-1966”, dicha juventud “se
estructuró de manera autónoma bajo el liderazgo de Eduardo Frei
Montalva y Manuel Garretón. Poco después cambió su nombre a Falange
Conservadora por admiración a la Falange Española, para luego de 1938
tomar una orientación socialcristiana y separarse del Partido
(Conservador) para formar la Falange Nacional (1938-1957), la que se
amplió para fundar el Partido Demócrata Cristiano (en 1957)”.
Cristián Garay afirma que borrar a los sujetos participantes es no escribir la
historia; en este caso específico, “la omisión de un poderoso actor es tan
absurda como pretender escribir la historia del siglo XX sin la Democracia
Cristiana”.
Años de socialcristianismo
Durante la segunda década del siglo XX un sector de la jerarquía católica,
con el apoyo de destacados sacerdotes, impulsó a los jóvenes que
conformaban la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC) y la
Liga Social, a ser protagonistas del pensamiento socialcristiano. Era
aquella época previa a la publicación de la encíclica “Quadragessimo
Anno”, de 1931.
Vendría enseguida una serie de sucesos que darían nacimiento a la que
fuera histórica Falange Nacional. La independencia de esos jóvenes que
ingresaron al Partido Conservador -año 1933-, los condujo el 12 de octubre
de 1935 al Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora y después a
agruparse en 1937 como Falange Conservadora. Aunque la expresión
Falange Nacional ya era conocida, ella se oficializó el 7 de octubre de
1937 como vislumbre de la Falange Española, lo que explica la asimilación
inicial de tesis corporativas a su ideario.
Los diversos conflictos, arduos y ásperos, con el Partido Conservador se
agudizaron cuando la Falange rechazó la candidatura presidencial de
Gustavo Ross. A fines de 1938, este quiebre político-ideológico con el
conservadurismo había superado el espacio de un simple choque
generacional, al adquirir una dimensión mayor.
El tránsito ideológico
¿En qué momento se produjo el tránsito del socialcristianismo al
humanismo cristiano? Si el objetivo es señalar un punto de inicio
referencial, muy pocos dudan que éste se halla en la Encíclica “Rerum
Novarum” (De las cosas nuevas) del papa León XIII. Fue la primera
encíclica social de la Iglesia católica, publicada con el nombre “De
Conditionem Opificum”, “Sobre la situación de los obreros”, el 15 de mayo
de 1891. A partir de ella se produjo en los católicos una orientación
progresista que se concentró en la llamada “cuestión social”.
La construcción del socialcristianismo no ocurrió en un solo día. Su
irrupción tuvo lugar en un escenario en el cual la primacía de lo religioso
como fundamento de la moral política y social, se enfrentaba a la
secularización. Las posiciones conservadoras tradicionalistas veían como
su repliegue permitía otra visión del orden social.
Hacia fines del siglo XIX aparecía una concepción de “democracia
cristiana”, opuesta a las posturas conservadoras y socialistas vigentes. En
el horizonte doctrinario chileno emergía la proyección del “neotomismo”.
En los albores del siglo XX la Iglesia católica chilena advertía que los
vientos habían cambiado de dirección. Varios de sus miembros estaban
derivando hacia un enfoque favorable a la estructuración de un partido
distinto del Partido Conservador. Lo que algunos calificaron de
“falangización”, comenzaba a dar sus primeros pasos.
Momentos claves
Estos mismos vientos explican también, -al aprobarse la Ley de Defensa
de la Democracia en 1948-, el origen una época controversial en que el
falangismo definió su postura respecto al comunismo. Eduardo Frei
Montalva había afirmado un año antes en una charla: “rechazamos la
doctrina y la táctica comunista, pero ante el comunismo vemos que hay
algo peor: el anticomunismo”.
Luego, durante los años cincuenta, el cielo se oscureció para la Falange.
De esta etapa emergería el 28 de julio de 1957, -día de luz-, el Partido
Demócrata Cristiano. Se iniciaba así, un peregrinaje hacia a la cima que
culminaría con la elección de Frei como presidente de la República (1964-
1970).
Lo que continuará es otra historia: la del eclipse democrático total. Seguir
su trayecto exige despojarse de subjetividades y prejuicios. Una
rigurosidad estricta no admite falsedades ni distorsiones. Todos saben
cómo cayó en 1973 el régimen socialista-marxista de la nefasta Unidad
Popular encabezada por Salvador Allende.
A partir de ese período dramático, ¿cuánta responsabilidad acumulada ha
quedado sin cargar sobre los hombros de quienes se proclamaban
demócrata-cristianos y eran dirigentes? Mejor no sigamos, porque en este
asunto -lamentablemente- hay y habrá todavía mucho que escribir.
Neo-tomismo y Maritain en el olvido
Hasta este párrafo no se ha hecho referencias al neo-tomismo. En el caso
de la ‘entidad Democracia Cristiana’, -aunque se trata de un enfoque
breve-, resulta imposible rehuir la incidencia del inmenso trasfondo
doctrinario subyacente que marcaría su heterodoxo trayecto ideológico-
evolutivo.
Se puede distinguir dos etapas: una en que sus principios fueron acogidos
y puestos en aplicación; y una en que yacen olvidados y son pocos los
militantes que reconocen su vigencia. Conceptos esenciales como:
civilización cristiana, nueva cristiandad, orden cristiano, humanismo
cristiano, mundo cristiano, primacía de lo espiritual, nihilismo moral,
racionalización moral de la vida política, han sido olvidados mediante una
praxis secular posmoderna que abrió puertas y ventanas para que
ingresaran ideas-virus provenientes de ámbitos doctrinarios materialistas-
espurios.
Lamentablemente la Democracia Cristiana chilena, -una vez infiltrada-,
perdió el rumbo y hasta la noción de lo que era su gran “ideal histórico
concreto”. Para ser más preciso, sepultó su utopía: la prometida
“comunidad fraterna”, y no se divisa cómo pudiere tener voluntad suficiente
para resucitar su esencia abandonada.








