A diez años de su fallecimiento, vale la pena detenerse a recordar la vida y la obra de Patricio Aylwin, un político de inspiración cristiana que ya ha entrado, con plenos derechos, en la historia de nuestro país.
Tuve el privilegio – cuando joven – de haber escuchado sus clases en el Instituto Nacional y posteriormente, haberlo tenido como profesor de Derecho Administrativo en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
Firme en sus convicciones políticas, defendió siempre – como abogado, profesor universitario, dirigente político, senador y presidente de la República – los principios básicos del humanismo cristiano.
Le correspondió actuar en momentos difíciles de la historia de nuestro país: defender la libertad y la democracia cuando ellas se vieron amagadas por el gobierno de la Unidad Popular y luego desempeñar un papel decisivo en la lucha por el retorno a la democracia y en el proceso de transición como Presidente de la República. Entendió que el país es uno solo, incluidos civiles y militares.
Se puede decir que fue el hombre imprescindible, en momentos difíciles para nuestro país. Que supo actuar – como Presidente – con inteligencia y mesura para que el país reencontrara el rumbo hacia el desarrollo y la reconciliación entre todos sus habitantes.








