Las elecciones no solo dejaron un mapa político fragmentado; también activaron una suerte de depuración de partidos. Con 37 agrupaciones en competencia el resultado ha sido contundente: apenas seis lograron asegurar representación en el nuevo Congreso bicameral, mientras que al menos 34 perderían su inscripción por no superar la valla electoral o no alcanzar escaños. La cédula más grande y costosa de nuestra historia terminó convirtiéndose en el filtro más severo.
El impacto no es menor, según el informe de Thalía Cadenas que hoy abre nuestra portada. La legislación vigente establece que basta con no acceder al reparto de escaños en al menos una de las cámaras para quedar fuera del Registro de Organizaciones Políticas. Incluso partidos que lograron votaciones relevantes podrían desaparecer por no cumplir requisitos formales, como el número mínimo de candidaturas. A esto se suma un factor político no menor: la posibilidad de que desde el propio Congreso se intente modificar las reglas para evitar esta purga. Sin embargo, especialistas advierten que cualquier intento en esa dirección podría ser frenado por el Jurado Nacional de Elecciones.
El resultado es un sistema que tras años de fragmentación podría encaminarse hacia una recomposición forzada. Mientras más partidos participaron, menos sobrevivieron. Y en ese contraste se juega algo más profundo que una elección: la viabilidad misma de un sistema político que, incapaz de ordenarse por sí solo, parece necesitar del fracaso masivo para empezar a corregirse.








