Por Gonzalo Wielandt Cárcamo
Sociólogo, Asesor de empresas

La candidatura presidencial de José Antonio Kast obtuvo un
amplio triunfo electoral, impulsada por el profundo descontento
con la sobre ideologización de la izquierda y por la necesidad de
la población de alcanzar mejores niveles de seguridad. Sin
embargo, con el anuncio del primer gabinete surgieron los
primeros indicios de preocupación. La conformación ministerial
dejó en evidencia la ausencia de un plan claro en materia de
seguridad e incluso reveló improvisación en una cartera en la que
la ciudadanía había depositado grandes expectativas.

Junto con la presentación del gabinete, también llamó la atención
el nombramiento de algunos embajadores, particularmente el
designado en Israel. A ello se sumó la aparición de asesores
inesperados en materia de política internacional y una serie de
decisiones que parecen responder a una lógica alineada con lo
que podría denominarse una de las “cabezas de la serpiente
antigua”.

El alineamiento visceral y acrítico con los ataques de Estados
Unidos e Israel contra Irán, el retiro del embajador chileno en ese
país y las declaraciones del Presidente Kast en favor de la
posición argentina en la zona austral – que generaron malestar en
Chile, tanto en el ámbito político como en el militar -, entre otros
hechos, han debilitado la posición geopolítica de Chile.
La situación más preocupante se produjo con el anuncio de la
Cancillería chilena sobre el ingreso de Chile al denominado
Escudo de las Américas, un plan impulsado por Estados Unidos
que implicaría un reordenamiento estratégico destinado a
fortalecer su posición frente al avance de las inversiones chinas y
al acercamiento de Rusia a algunos países de la región.

Este plan utiliza como pretexto la lucha contra el crimen
organizado. Sin embargo, desde una perspectiva crítica, dicha
justificación no sería más que una excusa, pues Estados Unidos
también tendría interés en controlar los recursos y circuitos
financieros asociados al narcotráfico.

El reordenamiento estratégico mencionado se relaciona con el
fortalecimiento geopolítico de China y Rusia. Estados Unidos
sería consciente de su propia debilidad, agravada por su derrota
militar ante Irán. En consecuencia, buscaría reforzar el control
sobre su “patio trasero” para contener los riesgos derivados de las
inversiones chinas y de la expansión del llamado “poder blando”
ruso.

En ese contexto, Washington podría intentar reactivar el TIAR, el
Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, un acuerdo que
ha perdido legitimidad debido a las propias acciones de Estados
Unidos contra distintos países de la región.

A la luz de todo lo anterior, cabe preguntarse si estas decisiones
realmente surgieron de la voluntad o del criterio personal del
Presidente Kast. Todos estos movimientos parecen responder a
una estrategia concebida por una mente particularmente sagaz en
materia geopolítica y coincidente con el denominado lineamiento
anglosionista.

Esta situación ayudaría a explicar el eventual abandono de la
posición histórica de Chile en el Movimiento de Países No
Alineados, después de 55 años de participación continua, así
como la pérdida de la distancia y de la ventaja estratégica que el
país había mantenido frente a las tensiones globales.

En consecuencia, Chile estaría siendo gobernado por una élite
oculta y oscura, contraria a los intereses nacionales, que utilizaría
al gobierno de Kast para alinear al país con una de las cabezas
de la hidra geopolítica mundial. Lo que las élites globalistas no
pudieron lograr mediante el proyecto constitucional de la
Convención Constitucional, finalmente lo habrían conseguido a
través del actual gobierno chileno. Se demoraron, pero, al final, lo
lograron.