Por Carlos Salas
Diario El Comercio, Lima, Perú

El niño llegó un día al colegio La Salle, en Cochabamba, buscó su salón, abrió
el cartapacio y escuchó con atención al hermano Justiniano, su maestro entre
1941 y 1944. Ese día, sin saberlo, Mario Vargas Llosa —setenta años antes del
Nobel— estaba a punto de aprender a leer. Leer, para él, fue como respirar.

En ese salón, le presentaron a Julio Verne. Y con él, el pasaporte a otros
mundos. Mundos que luego transformaría con su talento, su disciplina y su
capacidad única para narrar. Porque Vargas Llosa no solo escribió novelas:
construyó una manera de mirar la realidad y ponerla sobre el papel para que
otros la entendieran mejor.
Aquel niño se hizo adolescente en el Leoncio Prado. Eligió la literatura como
varita mágica y halló una vocación que convirtió en legado: veinte novelas
fundamentales, decenas de ensayos y un discurso que cruzó fronteras. Cuando
recibió el Nobel, dijo: “Nadie me podrá quitar el Perú”. Hablaba por ese niño que
descubrió a Verne. Y por todos los que soñamos escribir como él.